Fernando Vergara / AP Photo
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Diego Forlán: Los jugadores tienen motivos para sentirse recelosos de hablar con la prensa


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Inmediatamente después de que mi antiguo club el Atlético de Madrid haya jugado con el Barcelona este sábado, un administrativo de cada club, normalmente alguien que había sido periodista, decidirá en los vestuarios qué jugadores de uno y otro equipo tendrán que hablar ante los medios. Es un proceso parecido en los grandes clubs de todo el mundo. Ningún jugador se esconderá pero a algunos les gusta más hablar con la prensa que a otros y esto es algo que hay que respetar.

En el Atlético era yo normalmente al que enviaban a hablar con los periodistas, especialmente si el resultado del partido no había sido bueno. Yo era un jugador veterano, mi papel era ser visto como alguien seguro de sí, porque había marcado muchos goles con el club. Como máximo goleador, era menos probable que los periodistas deportivos se pusiesen a criticarme. Y a mí no me importaba hablar con ellos. Es parte de lo que conlleva ser bien conocido y es halagador que la gente esté tan interesada en lo que uno tiene que decir, aunque también es como caminar por un campo minado.

Yo lo veía como un reto. Sabía que los periodistas, arremolinados ante mí, intentarían pillarme con alguna pregunta. El reto para mí era no dejarles que me pillasen y no darles palabras que se pudieran tergiversar. A veces los informadores de los medios volvían con preguntas que se suponía que yo solo tenía que responder con un “sí” o con un “no”. Era como si fuese una trampa de la que uno tenía que intentar escapar: un ratón huyendo de diez gatos.

Entiendo por qué hacían lo que hacían. Un gran titular y una historia sensacional es más fácil que destaquen y hagan que se vendan periódicos que cuando se les habla con clichés sobre lo feliz que estamos cuando ganamos y lo tristes que andamos cuando perdemos, pero ocurre que la confianza entre futbolistas e informadores se ha ido erosionando lentamente con el paso de los años. En otro tiempo los jugadores eran más francos porque entendían que los periodistas podían hacer llegar sus puntos de vista a los aficionados, que son quienes pagan sus salarios, y veían que incluso los informadores podían serles de ayuda, ahora hay mucho más control y precaución.

A algunos jugadores no les gusta hablar con los medios de comunicación, o prefieren hacerlo en la televisión, porque es en directo y la gente puede oír directamente lo que se dice. Sin embargo, no sería bueno que ningún futbolista hablase con los medios de comunicación, aunque tampoco digo que tenga que ser como en diversas partes de América, donde los informadores pueden entrar en los vestuarios nada más acabar los partidos. Debe haber un tiempo para calmarse y reflexionar; también un mínimo de privacidad.

He sido testigo del modo en que los futbolistas actúan ante los cambios habidos en los medios de comunicación. Me he convertido en alguien precavido, porque debo serlo. Ahora en internet tus declaraciones se recogen en todas partes del mundo, tergiversadas y traducidas para que acaben diciendo lo contrario de lo que en realidad dijiste. Yo confío en uno o dos periodistas, y me encanta escribir esta columna, pero incluso así he visto mis comentarios sacados de contexto, sugiriendo que he criticado duramente a algún jugador, cuando no he criticado a nadie. A estos efectos, los medios británicos son los peores: hay que estar siempre muy atento a lo que uno dice.

Junto con Ronaldo, otro Balón de Oro ganador de una Copa del Mundo, más Fabio Cannavaro, Samuel Eto’s y Oliver Bierhoff, entre otros, fui invitado a un sorteo para el Mundial de Rusia 2018. Allí dos periodistas británicos empezaron a preguntarme sobre racismo y los problemas que hay en la FIFA. No les conocía, así que no tenía razón alguna para confiar en ellos. Me hacían dos preguntas sobre fútbol y luego intentaban hacer que hablase sobre racismo y la FIFA. Tengo mis opiniones sobre estas cuestiones, pero desconfiaba tanto que apenas les dije nada. Ellos seguían preguntando. Y yo seguía sin decir nada.

En el pasado he hecho entrevistas de 60 minutos en las que me he mostrado abierto y sincero. Luego he visto que un solo minuto de la entrevista se utilizaba para resumir todo lo dicho, sacando mis comentarios completamente fuera de contexto. Un escalofrío recorre tu espalda cuando te das cuenta de que el espectador o el lector se acabarán formando una opinión sobre ti y que no tienes forma alguna de desmentir lo que ya está publicado. Así que te acabas preguntando, para empezar, por qué hiciste la entrevista.

Comprendo que la libertad de prensa forma parte de la democracia y de la libertad de expresión. Que si fuese competencia de los clubs hacer todo el trabajo de la prensa, las noticias negativas no saldrían jamás a la luz, y esto sería peligroso, pero los clubs deben proteger a sus jugadores porque hay muchas webs que buscan destacar en la multitud y acaban sacando titulares cada vez más melodramáticos y sensacionalistas.

También hay otros problemas. Te entrevistan en una lengua que no es necesariamente la tuya propia. Las palabras (o, más bien, el sentido) se pierden en la traducción. Simpatizo con los futbolistas o directivos cuando van a otro país cuyo idioma no dominan al cien por cien. Y entiendo también por qué quienes hablan una lengua, pero no del todo fluidamente, se muestran reticentes a hablar. Se sienten vulnerables e incómodos bajo los focos de la prensa. Y, tristemente, tienen todo el derecho a sentirse así.

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